domingo, 6 de septiembre de 2009

Un vombat bigotudo en abstinencias

Ha vuelto a su cama, y está igual de cambiada que él. En aquel intrincado vericueto recíproco, ambos lo sienten. Ahora se aman más. Se nota en la rosa que ya ninguno de los dos lleva en las manos, ocupadas en el otro, ocultas, en este santiamén turbulento, en cierres perturbadores y una falda inoportuna. Las palabras vuelven a sobrar.

martes, 25 de agosto de 2009

CÓMO HACES PARA SER LIBRE

1

Lorenza era feliz mientras permanecía en aquel pantanal donde fue concebida. Todo en ese pantanal es verde. Desde las hojas del roble enorme del otro lado del río, hasta los pequeños renacuajos que en el agua se detienen y retozan. Verdes son las ranas que allí croan, verdes las culebras que se tuercen, verde el agua del pantanal.


A Lorenza le habría gustado poder hablar con los animalillos que vivían a su alrededor. Su curiosidad impertinente sólo le traía problemas con sus semejantes, así que trataba de entablar conversaciones con aquellos que no son capaces de emitir palabras. Al fin y al cabo, hay maneras más efectivas de comunicarse. Aquello que mayor entusiasmo le causaba de los miembros de aquella enorme familia fangosa era el libre albedrío que entre ellos solía reinar. Sin embargo, los pequeños seres verdes se morían siempre de la pereza de responder sus preguntas. Parecían morirse de estar muertos, pero para ser francos, la verdad es que ellos sólo se mueren de pereza.


Un día, presa ya de la desesperación, Lorenza acercose a un pequeño sapo que llevaba un buen lapso vigilándola. En él se reconoció a ella misma, con esos enormes ojos verdes, escrutadores y semicerrados que no hacían más que preguntarse por la naturaleza del otro. Viéronse durante unos minutos, parpadeando a intervalos regulares. Por los breves conatos de hipidos, a Lorenza le pareció, no sé por qué, que el sapo tenía cara de llamarse Cosich. Una vez conferida una identidad, ella consideró apropiado entablar una amistad. Lo miró unos segundos más, volvió a dar un parpadeo, demorado algo más de lo que le toma a una persona normal parpadear, y le preguntó:


–Cómo haces para ser libre.


El croac prolongado que profirió el pequeño sapo verde de ojos saltones se perdió en medio de la barahúnda que provocaron los otros animales. Aserrín, aserrán. Un árbol se estremecía al son de los maderos de San Juan. Aserrín, aserrán. Lorenza se escondió en medio de un matorral de alguna planta cuyo nombre su madre le había enseñado años atrás. Aserrín, aserrán. Un crac seco y sonoro rasgó el cielo mientras el roble enorme del otro lado del río se rendía ante los esfuerzos de un par de hombres dispares.


Uno de ellos tenía un brazo tan poderoso que bien podría haber salido de los mismos árboles a los que pretendía someter. El otro era más bien un muchacho laxo que parecía hallarse en ese lugar por alguna equivocación del destino. Su guayabera blanca desentonaba con las ropas sin color de los otros madereros, gordos unos y fornidos los otros, todos rozagantes. Lorenza se fijó en las sierras que llevaban. Al verlas, comprender la velocidad con que habían logrado acabar con el enorme y viejo roble no fue ningún problema. Vio cómo cargaban el árbol con la ayuda de otros dos en una volqueta blanca. Esa noche, aquel pantanal donde fue concebida estaba de luto.


Poco antes de que Lorenza los abandonara, todos los animalillos que antes ignoraban sus preguntas, ahora se mostraban desconfiados con su presencia. Lorenza se preguntaba si era peor el temor o la indiferencia. El pantanal se había vuelto paranoico.


Desde la llegada de los nuevos visitantes, los intentos desesperados por saber cómo hacer para ser libre se volvieron más infructuosos aún. El pequeño sapo verde de los enormes ojos saltones la veía parapetado desde un rincón verde que le escondía de la mirada de los otros. Lorenza sentía un especial afecto por el croar de este sapo. Él era el único que reconocía su existencia. El único incapaz de huir ante su mirada escrutadora, igual a la de él, incapaz de incurrir en el crimen de la impasibilidad. Y sin embargo, en ese momento se presentaba ante ella temiendo ser visto por los otros, como si pensara que fueran a cortarlo de raíz como había sucedido al roble enorme del otro lado del río.


El muchacho de la guayabera blanca seguía yendo todos los días con sus amigos cortadores. A juzgar por las instrucciones que les daba, él parecía estar al mando. Lorenza lo espiaba de vez en cuando, sin esconderse demasiado. El muchacho de la guayabera blanca, que ya había pescado a Lorenza en más de una ocasión, la espiaba de cuando en vez. A juzgar por la indisposición de los madereros a cortar al ritmo que se les pedía, el muchacho de la guayabera blanca parecía no ser un jefe muy popular. Tenía la traza de no haberlo sido nunca en su vida. Y sin embargo, a Lorenza le gustaba verlo del mismo modo en que disfrutaba mirar a Cosich. Gustaba de verse a sí misma.


La fauna, que no tenía un mejor lugar donde esconderse que el propio pantanal, huía despavorida para encerrarse en su fortaleza amenazada. Y Lorenza no sabía si sentir pena por ellos, que continua e incansablemente habían hecho gala de una indiferencia olímpica hacia ella, o si sentir alegría por el advenimiento de aquel muchacho impopular y lentón de guayabera blanca.


2

–Croar.


Lorenza abrió los ojos y agarró a Cosich, que con respiración agitada se escurrió por sus dedos como por inercia. Unos ojos de persona la veían al revés, protegidos por dos lunas transparentes que a Lorenza le provocaba la misma sensación de estar escuchando una radio con interferencia.


–Qué haces mujer.


Lorenza se levantó y sacudió sus largas faldas. Mientras lo hacía, vio al hombre que le hablaba. Llevaba una barba leve que daba la impresión de haber sido cortada con un machete oxidado. Arrodillado enfrente de ella, el muchacho de la guayabera blanca llevaba ese día una camisa de cuadros verdes y blancos, y al tiempo en que Lorenza se terminaba de sacudir las ramas de sus ropas, veía en él un viejo tablero de ajedrez que había pertenecido a su papá. El muchacho de los cuadros llevaba unos lentes delgados y lucía una barriga disimulada, que a decir de la curva de su espalda no le provocaba ningún orgullo.


Sentados ahí donde la habían sorprendido, Lorenza se cansó de hacerle preguntas al muchacho de los cuadros. Fue entonces que se enteró de que su nombre era Clemente Pucino; que Pucino debería pronunciarse “Puchino”, pero que el coloquio de este pueblo verde como una manzana parecía negarse a admitir vocablos cuya pronunciación contradijera la buena costumbre del rigor idiomático; que no disfrutaba de su trabajo más que del sueldo jugoso que se ganaba por vivir en ese lugar ajeno a la civilización; que si Adam Smith hubiese sido dueño de una expresión más hábil, las ideas inhumanas de Karl Marx se habrían hundido como una piedra en aquel pantanal; que estaba más que enterado de que ella lo espiaba cada vez que podía; que ese “más que enterado” significaba que él le devolvía la cortesía a la menor ocasión, y que estaba muy interesado por conocer su nombre.


Lorenza se presentó con una pena breve, pero intensa. Los tonos rimbombantes del nombre de Clemente le hicieron olvidar su escueto apellido. Arriba, en una rama de mangle, una serpiente asomaba la cola, donde enroscaba una manzana, verde como este país de maíz y naranja.


–Pero debes tener un apellido, o talvez tengas un título que te identifique. Y si no tienes nada de eso, yo te podría dar ambos.


Cosich asomó por detrás de los pies de Clemente. Su boca se inflaba y desinflaba al proferir débiles sonidos. Los demás sapos empezaron a aparecer a su alrededor, y los croares desacompasados parecían el inicio de un extraño rito marcial del pantanal.


–Yo no quiero ningún título. Pertenezco a este pantanal, y aquí nadie, ni Cosich, me ha nombrado nada. Así permaneceré hasta que el pantanal no lo quiera, aunque viva muy lejos de aquí, en algún lugar donde las personas sean alegres para hablar. Yo soy Lorenza, sin título, plis.


Y entonces Lorenza tomó la mano de Clemente y lo acompañó por el sendero en el que el Lobo engatusó hace muchos, muchos años a Caperucita. Ojos de tamaños dispares se encendían con la luz difusa del atardecer a los costados del camino que los pies de la pareja recorrían. Cosich saltaba detrás de Clemente y Lorenza tan rápido como podía. Los árboles y las plantas se estremecieron ininterrumpidamente al verlos caminar en dirección contraria al río. Y los sapos se lamentaron. La idea de perder a Lorenza parecía perturbar inexplicablemente a todos los seres que jamás se dignaron a hablarle, a aquellos que ahora se horrorizaban al ver lo que habían provocado, por no contarle jamás cómo hacían para ser libres.


Cosich vio con sus enormes ojos verdes cómo Lorenza abandonaba para siempre ese lugar. Sin llevarse nada, ni siquiera un título que la atara a aquel verde pantanal donde fue concebida.

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domingo, 16 de agosto de 2009

KALIMAN


Lo que me ata a este lugar es el hecho de que me permite alejarme de las personas. Las calles de esta ciudad apestan a delito. Por eso me gusta mi balcón. Me mantiene lejos del hedor, y puedo planear mis siguientes pasos sin remordimientos.

Hoy ha sido un día difícil. El señor Infante me ha tratado muy bien, y por eso es una lástima lo que ha debido suceder. No entiendo por qué razón alguien quisiera quitárselo de en medio. Pero es mejor mantenerse al margen y no preguntar. Qué suerte tienen los ignorantes. Bienaventurados.

Hace unos meses, no tenía la menor idea de quién era Josué Infante. Resultó ser un empresario de esos que guardan su dinero en el exterior. Exitoso era. Tenía una cuenta infinita, como para sumergirse en un mundo de billetes. Pero aparte de la evasión de impuestos, no supe de nada que pudiera meterlo en problemas, y menos para matarlo.

Pero así son las cosas. Es mejor no pretender comprenderlo todo, uno nunca sabe, y está prohibido tomar partido en este negocio. Aunque fuera un buen jefe.

El primer día desconfiaba un poco. Pero enseguida se le pasó. No es difícil hacer el papel de guardaespaldas después de burlar a tantos. “Mejor doblemos por esta esquina, jefe”, “Usted no se mueva de aquí, jefe”, “Entre a la casa, que yo me encargo”... Estaba encantado conmigo, hasta me puso un mote. Kaliman, me llamaba.

El pobre no sospechó de nada hasta el día de hoy, cuando me encontró limpiando el revólver. Me pregunto por qué aquél acto tan mundano lo puso tan nervioso. Algo me puso en evidencia, pero no sé qué. Yo sólo la limpiaba como todos los días, con el mismo paño y el mismo cuidado. En fin, algo le pareció no estar en orden. Por eso lo maté con la soga.

Lo último que el señor Infante alcanzó a decir fue “Kaliman”. No estoy seguro de qué habrá estado pensando, porque no le vi la cara. Lo tuve que asesinar de una forma miserable. Por la espalda. Sin opción a defenderse. Sentí que debía explicarle, pero mientras más rápido terminara, mejor. Toda mi entereza la tuve que destinar a apretar la soga.

Mientras el jefe agitaba en vano los brazos, yo pensaba en mi balcón, donde nadie me mira, donde no me siento culpable. En los últimos meses, me he ablandado un poco. Ya no soy capaz de soportarlo. No soy capaz de ver a una persona rogándome que le perdone la vida.

No es sencillo ser un sicario. Es necesario escoger con cuidado los círculos que se frecuentan. Mañana debo encontrarme con alguien que conocí en la facultad, cuando pretendía tener un futuro. Marietta se llama, y alguien la quiere muerta.

Qué coincidencia sobrecogedora. Kali, para los hindúes, es una diosa de la muerte. En fin. Aquí está prohibido pensar. Si quisieran a alguien que piense, contratarían un filósofo.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Homo


Lo único que supo al levantarse era que ese día no tenía intención alguna de ir al trabajo. Se suponía que debía entrevistar a un político emergente. Es que en esos tiempos de recambio, cada inepto aparecía como por arte de magia.


“Vota por el primer asambleísta gay y rompe esquemas”. El papel manoseado yacía en el escritorio de plástico, y presentaba la opción de un representante de esta minoría, nueva por un leve defecto legal.


Maldito plástico, se dijo a sí mismo para sus adentros, su conciencia. El que tomara mil años en degradarse era un hecho que le desagradaba. Y pensar que todo era por el petróleo.


Qué se traían los homosexuales con el petróleo era algo que lo traía sin cuidado. Lo que en realidad le fastidiaba era el uso desagradable que hacían los grupos vulnerables de su condición.


En tiempos universitarios, un viejo banquero le había hablado del petróleo y la corrupción. De cómo el oro negro tenía condenados a los pobres diablos de países como éste. “Cuando el monto es grande, las agallas florecen y los escrúpulos escasean”. Le parecía divertida la idea contradictoria de un tipo de finanzas hablando en ese grado del petróleo.


El ambiente se llenó de Vachagnon. Por qué vienen a esta hora, se preguntó. No le molestaba el olor nauseabundo que despedía por detrás el camión blanco y enorme. Poco a poco, con el pasar de los años, con el calor de las situaciones, había aprendido a valorar el paso de los basureros ambulantes.


Hubo un día en que dejó, sin más, de advertir que venían a recoger la basura, excepto por las noches en que se encontraba con la bestia, mientras trituraba con sus fauces la inmundicia de los hombres.


Luego cayó en cuenta de que la verdadera inmundicia era aquella que se quedaba en casa. Hordas de plástico invadían las calles después de haber servido pasajeramente a sus antiguos y únicos dueños.


Pensar en la basura era como pensar en los humanos. Cuántos desechables inundaban las calles de la Regeneración Urbana. Cuántas reciclables paseaban sus caderas ya no tan ardientes por las aceras de esta ciudad cosmopolita. Cuántos potenciales imbéciles andaban sueltos poniendo en peligro el sentido común. Vasos que tardan milenios en volver a la naturaleza, mala yerba nunca muere. Es que existe alguna diferencia.


–No sabía que no irías hoy a trabajar –dijo Charley.


Ya se había levantado. Tenía en sus manos el volante, y miraba a Armando con extrañeza, como si fuera ajeno, apoyado en el alféizar de la ventana del dormitorio. Lo veía como si lo observara por primera vez, ahí, absorto, frente a la ventana, espiando en la calle, desierta de chismes.


–Dominga dice que deberíamos apoyarnos incondicionalmente, tal como lo hacen las mujeres. Me pregunto si este individuo en realidad es capaz de lograr algo más –continuó, desperezándose, y sin dejar de observar a Armando.


–No lo sé, ni me interesa– dijo Armando –Este país no está preparado para nada. Sólo puedo decir que la Revolución no entra por el culo.